En el corazón de la comunidad artística y la Escuela de
Circo Social ha sido más que un espacio de formación, es un proceso vivo, un
proyecto comunitario que ha tejido las historias y esperanzas de niños, niñas y
jóvenes en un territorio que lucha por la paz. Sin embargo, en una reciente
participación en un proyecto de investigación, ese esfuerzo y dedicación han
sido desestimados en nombre de la "rigurosidad científica".
El arte, en esta ocasión, fue juzgado no por el proceso que
transforma realidades, sino por el producto final, el "resultado"
medible. ¿Cómo puede la academia, con todo su peso intelectual, ignorar las
vivencias, los argumentos, y el desarrollo de los propios estudiantes? Los
jóvenes de la Escuela de Circo, con sus historias y voces, fueron dejados a un
lado. No fueron escuchados porque no hablan en el lenguaje de los datos, de las
fórmulas o de los términos elaborados. Fueron rechazados porque sus procesos no
se ajustan al rígido método científico que solo acepta lo que es medible y
comprobable.
Este acto, aunque puede parecer insignificante, tiene
profundas implicaciones. Se dejó fuera la riqueza del arte comunitario, que, en
un lugar rural, no es solo una expresión cultural, sino una herramienta
poderosa para la construcción de paz. ¿Por qué la academia no puede ver el
circo social como un proyecto transformador? En lugar de valorar el impacto que
estos espacios artísticos tienen en la vida de una comunidad, se optó por
evaluar solo los resultados cuantificables. Esta es una crítica profunda a la
forma en que las ciencias a menudo se distancian de las experiencias humanas
que no pueden ser contenidas en gráficas o cifras.
El arte, la cultura y los espacios formativos como el circo
no deben ser vistos con recelo o prevención, son procesos que merecen
reconocimiento y apoyo, especialmente en territorios tan marcados por el
conflicto y o vulnerables. No se puede seguir negando la validez del arte solo
porque no se ajusta a las métricas científicas tradicionales.
En este sentido, la comunidad artística y educativa pro
sobre todo los NNAJ participes de la escuela de formación lanza un llamado
urgente. No podemos aceptar que nuestras vivencias sean silenciadas o
desestimadas. Es hora de construir puentes entre el arte y las ciencias, de
abrir los espacios académicos para escuchar a los niños, niñas y jóvenes desde
su propia realidad.
Este es un llamado para quienes participaron en este
proceso, para que sigan adelante pese a las dificultades. De estas experiencias
se aprende, y es crucial que sigamos insistiendo en que el arte no es solo una
forma de entretenimiento o un acto de admiración pasajera. El arte tiene el
poder de transformar realidades, de construir paz, y es necesario que la
academia lo reconozca.
Agradecemos los espacios de investigación, pero invitamos a
que, desde ahora, se construyan proyectos verdaderamente integradores, donde el
arte no sea solo una nota al pie, sino una parte esencial del cambio. En un
mundo que avanza hacia una integración de la ciencia, la tecnología, la
ingeniería, y las matemáticas (STEM) con el arte (STEAM), es imperativo que
dejemos de ignorar los procesos artísticos como legítimas herramientas de
transformación social.
Por el territorio de paz, y su arte es parte fundamental de
esa construcción. Sigamos adelante, levantémonos juntos, y hagamos que el arte
tenga el lugar que merece en el corazón de nuestras comunidades y nuestras
academias.
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